Amor Romántico, de ese que mata

Amor Romántico, de ese que mata

Por Ana Elena Contreras

“Mujer, hermana, si te pega no te ama”

Consigna feminista.

Amor Romántico.

La feminista Coral Herrera, nos dice que el amor romántico es una “construcción creada social y culturalmente, la cual está atravesada por una ideología hegemónica y patriarcal”, vamos, nadie se cuestiona la necesidad y obligatoriedad de una “media naranja”, es casi un mandato y el rasero para muchas otras cosas (y violencias).

Señala además que el amor romántico “es el mecanismo cultural más potente para perpetuar el patriarcado”, ¿y cómo no lo va a decir así?, si en el nombre del “amor” se cometen los crímenes más espantosos que nos podamos imaginar, y desde esa idea torcida del “amor romántico” mujeres y hombres son subyugados y disminuidos; algunas de las características que resalta la misma Herrera sobre esa construcción ideológica romántica son las de un sistema  basada en la pareja monogámica, heterosexual, regulado, entre adultos, orientado a la procreación y bendecido por la Iglesia y el Estado.

¿Les hace sentido todo eso? Simone de De Beauvoir expresaba en relación al amor que “el día en que una mujer pueda amar, no desde su debilidad sino desde su fuerza, no para escapar de sí misma sino para encontrarse, no para rebajarse sino para afirmarse, ese día será para ella, como para los hombres, una fuente de vida y no de peligro mortal”, ¡y cuánta razón y vigencia la de sus palabras hoy en día!

Para entender el concepto de “amor romántico” debemos atender a la construcción social y simbólica que reproducen los medios y las instituciones. La obligatoriedad de que mujeres y hombres tienen que estar con una “media naranja” que por sí mismo implica que somos seres “incompletos” y que el estado ideal es estar en pareja, sin importar la calidad de la relación ni lo sano de las mismas. Se nos enseña que el control, los celos y la manipulación son lo correcto en las relaciones. Que las relaciones son luchas de poder y no nos preparan para el rechazo, porque ante el rechazo la respuesta patriarcal es: luchar por ella o por él.

¡Qué terquedad! lo peor es que el rechazo para el patriarcado es el sinónimo de una derrota, cuando muchas veces, una ruptura romántica lo que hace es darnos espacio y libertad.

Muchas personas (no feministas) me han preguntado con cierto desencanto y angustia ¿por qué las feministas odiamos el romanticismo? Porque, claro, cuando rechazamos el amor romántico inmediatamente lo relacionan con el romanticismo… Veamos, no es más que una fuerte crítica a la manera en que el sistema nos hace concebir el amor: lleno de violencia, de dependencia, de sacrificios absurdos, de subyugación, de celos que rayan en lo enfermizo, de palabras huecas como “el amor verdadero todo lo puede” (frase que normalmente viene acompañada de una situación de violencia), acuerdos no cumplidos, infidelidades, por mencionar algunas. Lo que nos dice el amor romántico es que ese es el precio a pagar, porque es una necesidad estar emparejado (bien o mal), de lo contrario estamos defectuosos.

Amor romántico y violencia de género

La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), arrojó que el 46.1% de las mujeres, de entre 15 años y más, han sufrido incidentes de violencia de pareja a lo largo de sus relaciones; el 13.5% de las mujeres de 15 años confesó haber sufrido violencia física que les provocó daños permanentes o temporales; la misma encuesta en el 2011, señala que en el Distrito Federal (ahora Ciudad de México) el 51.93% (1 millón 769 mil 571) de las mujeres y adolescentes de quince años y más encuestadas, sufrieron algún tipo de violencia psicológica, económica, física o sexual a lo largo de la relación con su última pareja. La violencia en las relaciones de pareja se debe en gran medida a la reproducción de los mitos sobre el amor romántico.

La idea de que la pareja nos pertenece (creencia que convierte en objeto a la otredad), es uno de los primeros y más poderosos mitos, el cual imposibilita manejar emocionalmente el hecho de que el amor se acaba, o bien que las personas simplemente ya no desean estar a nuestro lado. Bajo el modelo de amor romántico hay dos cosas: o “luchas” por su amor, o acabas con el rechazo dándole un fin a la persona, porque “si no es mía no es de nadie”. Otro de los mitos del amor romántico son los celos; si no demuestra que tiene celos, entonces “tal vez” no te ama lo suficiente, porque, claro, sin el componente de la violencia sutil, el amor ¡no es amor! La realidad es que los celos matan, no sólo al que los sufre, sino a quien los provoca.

Cuántas historias sobre feminicidio no están escritas sobre un “el amor lo cegó”, cuántas atrocidades van de la mano de un “no soportó perderla”, no señoras y señores, el amor no es violencia bajo ninguna circunstancia y las personas no somos pertenencias de nadie. Necesitamos analizar desde dónde construimos nuestras relaciones y deconstruir los viejos conceptos del amor romántico. Otras formas de amar son posibles. El ejercicio no es fácil pero en muchas ocasiones es una cuestión de vida o muerte, especialmente para nosotras las mujeres.

El amor romántico no es una cuestión privada ni aislada del ojo público, el amor es personal, y lo personal es político. Dejemos de pensar que “el amor todo lo puede”, porque no es verdad que el amor pueda lidiar con tratos humillantes, con violencia, con egoísmo, con posesión, con desigualdad, con promiscuidad, eso no es amor, eso es violencia revestida de romanticismo.

Nos encontramos bombardeados permanentemente de esas ideas, lo refuerzan las novelas rosas, Hollywood en sus producciones, las canciones e incluso la educación que recibimos, los modelos desde los cuales nació nuestra idea primera del amor, cargada de sacrificio, de desdibujarnos como personas dignas y autónomas.

Deconstruirnos o morir

En un mundo que naturaliza la violencia, desmontar el amor romántico es una urgencia, necesitamos resguardar nuestra integridad emocional, física, y nuestra dignidad. Empezar a analizarnos, a pensarnos, a sentirnos, a ser objetivos de nuestras reproducciones de violencia o de sumisión es fundamental, hay que afinar las antenas y detectar las señales.

Debemos empezar a construir relaciones basadas en el amor propio como primer eje, para poder transitar al respeto, al diálogo, la escucha activa, la libertad, la construcción de acuerdos, y en el entendido de que las relaciones afectivas, eróticas, o sexuales no son espacios para desplegar poder sobre la otredad. Que el amor sea lo que nos permita florecer y ver florecer, olvidemos esas frases de “que valga la pena”, queremos que el amor “valga la alegría”.

Es necesario que el amor romántico deje de ser un verdugo, apostemos a avanzar hacia una forma igualitaria de relacionarnos, que nos permita erradicar la violencia de género, dejemos atrás las ideas de que necesitamos una media naranja, de que nos falta el amor para sentirnos personas plenas, porque la plenitud no debe estar fincada en el otro o la otra, sino en nuestro propio ser. El machismo es un demonio de grandes garras, es un sistema estructural, es sofisticado y uno de sus nidos más poderosos son las relaciones de pareja.

La feminista afroamericana Bell Hooks, en La Claridad del Amor, nos dice que “amar debe ser una acción y no un sentimiento”, así que pongamos voluntad, elijamos amar desde la conciencia y desde “el propósito de alimentar el crecimiento espiritual propio y el de otra persona. El amor es lo que el amor hace, es un acto de voluntad. La voluntad implica elegir. No estamos obligados a amar. Elegimos amar” (definición tomada por Hooks de S, Peck). Entonces, elijamos muy bien cómo queremos amar, a quién amar, pero sobre todo, pensemos si en realidad queremos o no amar a una otredad. Empecemos a idear nuevas maneras de amar, desde la libertad y el amor propio.

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