La indignación social y la furia del movimiento feminista ante la crisis de violencia feminicida en México

La indignación social y la furia del movimiento feminista ante la crisis de violencia feminicida en México

Por Adriana Lecona

La indignación social y la furia del movimiento feminista ante la crisis de violencia de género y feminicida que lacera a nuestro país, encontró en el atroz feminicidio de Ingrid Escamilla el motivo para regresar a la protesta callejera exigiendo a las autoridades acciones contundentes e inmediatas para la prevención efectiva y la erradicación del feminicidio en México, contra los excesos de los medios de comunicación y contra la impunidad galopante del poder judicial.

La extrema violencia del feminicidio de Ingrid Escamilla, la filtración de información confidencial por parte de las autoridades respondientes, y el manejo mediático tanto de las imágenes de su feminicidio como del feminicida por parte de medios de comunicación insensibles y sin la menor ética periodística como las fotografías publicadas en la primera plana del  el diario “La Prensa”, fueron el detonante de la digna rabia feminista que salió a tomar las calles el pasado viernes 14 de febrero para expresar su hartazgo de manera inversamente proporcional al dolor y al nivel de violencia simbólica, directa y expresiva que recibimos las mujeres todos los días, en todos los espacios, todo el tiempo. No hay un solo lugar ni un solo momento en el que las mujeres y las niñas estemos seguras y libres de violencia.

El estigma social sobre la rebelión feminista se explica a partir de la  tradición sociocultural patriarcal impregnada en el imaginario colectivo y reproducido por los aparatos ideológicos del Estado, de que las mujeres “calladitas nos vemos mas bonitas”, de la ruptura de la asignación y asimilación patriarcal de roles y estereotipos sobre lo femenino que se expresan en la ocupación  por las mujeres del espacio público asignado socialmente a los hombres y las formas no convencionales y “poco femeninas” para una realizar una “protesta de mujeres”, en la que se prioriza el cuestionamiento a las pintas en las paredes o monumentos y se olvida el motivo de la protesta #NosEstanMatando

Las expresiones de enojo, rabia, furia y frustración del movimiento feminista encuentran sólidos argumentos; sin duda las demandas feministas son legítimas a la luz de los altos niveles de impunidad judicial y tolerancia social que prevalecen ante el aumento de la violencia feminicida, que expresan el profundo desprecio que tiene esta sociedad hacia la vida de las mujeres; la insensibilidad gubernamental para escuchar asertivamente el dolor de las mujeres en vez de minimizarlo o tratar de acallarlo; y la ilimitada libertad de los medios de comunicación amparados en la “libertad de expresión” para producir y reproducir la violencia contra las mujeres como un espectáculo para vender ejemplares, acumular tráfico o captar mas raiting, en suma para lucrar con la tragedia nacional feminicida.

Por otro lado, actualmente en México nos encontramos en un contexto político de cambios y transformaciones incuestionables de un régimen de corrupción y privilegios con mas de 90 años de instauración de oligarquías, en el cual desde los presidentes y los titulares de las instituciones de seguridad y procuración de justicia hasta las policías municipales se convirtieron en los líderes de los cárteles del crimen organizado del Estado y en protectores del influyentismo y el compadrazgo que tienen a México sumido en la crisis de institucionalidad, de derechos humanos y de valores éticos en la que se encuentra actualmente. Ante este panorama de transformación del régimen político,  el nivel de exigencia social al “nuevo régimen” es muy alto, en comparación con la capacidad y velocidad de trasformación de las leyes, prácticas y cultura política instaladas en las instituciones e impregnada en la misma sociedad. Aunado a ello, los diferentes frentes abiertos para obstaculizar la transformación de México por quienes en su momento se vieron beneficiados del sistema de corrupción y privilegios, me llevan a pensar en la posibilidad de incursión de la “aritmética contrarrevolucionaria” al interior de un movimiento legítimo que busca igualdad y justicia, y que podría estar siendo utilizado para fragmentarse a sí mismo, obstaculizar el avance de su agenda a través de la estigmatización social y para abrirle un frente más al proceso de transformación sociopolítico de México.

México requiere de una transformación integral o no habrá transformación posible, urge una reforma al sistema judicial, núcleo del pacto patriarcal en donde tanto jueces como magistrados  liberan agresores y feminicidas bajo argumentos inverosímiles, y que realizan sus sentencias sin conocimientos sobre derechos de las mujeres y mucho menos de perspectiva de género; urge profesionalizar policías preventivos tanto en perspectiva de género como en la adecuada detención de presuntos agresores y feminicidas y en la aplicación de un protocolo de actuación para la prevención de la violencia de género contra las mujeres, a los policías de investigación y ministerios públicos y demás operadores del sistema  de administración y procuración de justicia de las Fiscalías Federal y Estatales, que no son capaces de realizar e integrar correctamente las diligencias para la integración de los expedientes o carpetas de investigación desde la perspectiva de género.

Se requiere profesionalización policial, una reforma de las Fiscalías, la homologación del tipo penal de feminicidio a nivel nacional, que el gobierno implemente políticas de prevención efectiva desde la educación en la igualdad, difundiendo en la comunidad la igualdad de género y los derechos humanos de las mujeres y las niñas fomentando la construcción de comunidad, políticas inmediatas de búsqueda y localización de mujeres y niñas desaparecidas, y de prevención para evitar que éstas sucedan,  investigar, detener y erradicar las redes de explotación, prostitución y trata de mujeres y niñas, una reforma a ese gran elefante blanco que es la CONAVIM, entre otras muchas medidas que señalan las sentencias internacionales como la de Campo Algodonero, pero inicialmente validar el dolor de las mujeres, dialogar con empatía y encontrar una respuesta más sensible y más cercana a las mujeres para proponer soluciones en común sería un buen comienzo.

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